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Coleccionistas de encuadernaciones


     















El bibliófilo barcelonés  Ramón Miquel y Planas consideró el coleccionismo de encuadernaciones  “la suprema manifestación de amor al libro,  aquella en el que este amor llega a alcanzar los caracteres de un verdadero culto”. Es cierto, pero contemplando el libro  solo  como objeto bello y suntuario, el bibliófilo solo atento al aspecto exterior del libro puede acabar ignorando  su contenido literario. 

Ramón Miquel y Planas

Luciano de Samosata acertó en su diatriba contra los bibliófilos:  si alguien que no supiera tocar la flauta comprara la de  Timoteo o Ismeneo, ¿podría solo por  esa adquisición sacar notas musicales de ella con el  arte adecuado? ¿Podría alguien que no fuera Filotectes  tensar el arco de Heracles y hacer un disparo tan certero como él?    La valoración del continente por encima del contenido del libro puede desembocar en comportamientos aberrantes.  


El librero asesino


Manuel Rico y Sinobas





El caso  de  Manuel Rico y Sinobas (1819-1898), que algunos consideran prototipo  de discreto coleccionista de encuadernaciones, aporta un buen ejemplo de este coleccionismo bibliopégico escasamente ilustrado  En pleno siglo XIX, este   científico  vallisoletano  inició, junto a otras muchas, una colección  curiosa y singular: tapas de libros sueltas en vez de encuadernaciones  completas, restos de encuadernaciones... ¿De dónde las sacaría? Si Rico no fue capaz de  reparar en  que  una  encuadernación  deja de serlo cuando  ha sido  separada  del cuerpo del libro del que formaba parte desde su nacimiento, no cabe duda de que no tenía muy claro qué era realmente el artefacto que, como si tal cosa, atesoraba tan  despreocupadamente. El Conde las Navas, Vicente Castañeda, más recientemente Elisa Ruiz, se han aprestado a señalar  lo  aberrante de  la  práctica.   Lo que Rico   reunía y exponía como si fueran mariposas  disecadas no eran  seguramente restos de  libros desechados por inútiles. Eran tapas   bellamente decoradas que habían sido desprendidas  del cuerpo del libro por este entomólogo y taxidermista del libro del con avieso cuidado.   Es algo que puede constatarse fácilmente viendo los magníficos dibujos ejecutados probablemente por el propio Rico y reunidos en un  Álbum de encuadernaciones españolas que puede consultarse  en la biblioteca  de la Real Academia de la Lengua de Madrid. En la   de abajo vemos una encuadernación de medalla típica del renacimiento según un diseño de gusto anticuario muy difundido gracias a   bibliófilos humanistas   tales como como Diego Hurtado de Mendoza y  Jean Grolier.
Uno de los diseños de Manuel Rico y Sinobas del Álbum de encuadernaciones españolas. Madrid, Biblioteca de la Real Academia de la Lengua. 

Rico, apasionado bibliófilo equivocado, deseaba para su colección, costase lo que costase, a cualquier precio, el ejemplar bello, el diseño elaborado y  bien conservado. Resulta incongruente y un despropósito por ello atribuirle  el papel de salvador de los ejemplares perdidos de entre una masa damnata de encuadernaciones que hipotéticamente pudieron quedar desvencijadas tras ser arrojadas por la ventana para ser salvados durante   el terrible incendio que asoló a  la Biblioteca del Monasterio de El Escorial en el año  1771. No hubo en este caso una intención recuperadora (como, por ejemplo, la  política restauradora de libros impulsada por el Ministerio de Cultura italiano tras las terribles inundaciones de Florencia del año 1966), sino una mera  glotonería y extravagancia bibliófila que  aprovechó descuidos e incurias bibliotecarias para hacerse con tapas de libros que ya habían dejado de ser encuadernaciones. Una  encuadernadora tan poco sospechosa de esteticismo como la belga Micheline de Bellefroid (1927-2008), cuya muerte  ha dejado huérfana a una ligatoria europea absolutamente  atenta a la técnica y a la calidad de la factura del cuerpo de obra,  no se equivocó cuando en una célebre entrevista negaba la  condición  de bibliófilos  a quienes  consideraban la encuadernación  de un libro como simple   artefacto que pudiera tener cualquier significación   desprendida   del libro  al que   acompaña.

Micheline de Bellefroid



José Lázaro Galdiano
Pero aquí no todo han sido dislates. Conocemo a otros muchos coleccionistas de encuadernaciones algo más respetuosos para con el libro  considerado   como indisoluble unidad volumétrica susceptible  de transmitir mensajes intelectuales. El bibliófilo vasco Francisco Zabálburu (1826-1897), cuya biblioteca está en Madrid,  reunió, por ejemplo, las encuadernaciones personales del Marqués de Moya y las del Duque de Medina Torres procedentes de la biblioteca del Conde-Duque de Olivares.   José Lázaro Galdiano (arriba) reunió libros con encuadernaciones mudéjares, pero  no siempre supo distinguirlas de  reproducciones de finales del siglo XIX.   José Lameyer y  Francisco Javier Cortezo también reunieron   encuadernaciones hispanoárabes (¿del siglo XV o de Hermenegildo Miralles, Mario Monje o  Saturnino Martín?). Joaquín Muntaner, las mejores encuadernaciones retrospectivas del XIX. Más recientemente, los Condes de Orgaz,  Guillermo Barandiarán,  Bartolomé March, Luis Bardón e   Isabel García de la Rasilla, entre otros, encuadernaciones textiles.  También es de notar la colección de brugallas juntada por Ricard Viñas (1892-1982) en Barcelona y vendida al Ayuntamiento de Madrid: nos sirve para percatarnos del ecléctico academicismo, corrección formal y escasa originalidad del encuadernador catalán.      

Encuadernación de Emilio Brugalla. Foto de la exposición Lope de Vega en la piel de Brugalla. Madrid, Biblioteca Histórica Municipal. 

El coleccionismo  ligatorio  de estilos o de especialidades artísticas  convive en algunos de estos casos  con un  coleccionismo bibliopégico  más atento al origen  del libro explicitado sobre las cubiertas mediante  una repetitiva parafernalia heráldica que ha pesado como una losa sobre la ligataria (y los estudios ligatorios) europeos desde su nacimiento. Atento o no al contenido del libro, nuestras reservas para este tipo de coleccionismo que tantos entusiasmos concita:  se marca como meta  ensalzar la cualidad de los  objetos ligatorios en tanto que  símbolos de un protocolo identificativo de sus  propietarios,   los clasifica  por sus  procedencias y  funciones e  indaga acerca de la  existencia de un  lenguaje bibliopégico  específicamente real o  áulico, es decir, está solo  atento (demasiado atento) a las  encuadernaciones de arte que están relacionadas con un patrocinio real para tratar  de definir una cultura ligatoria de corte. Un ejemplo acabado de este  enfoque exclusivista nos lo dio la exposición Grandes encuadernaciones en las Bibliotecas Reales, celebrada en 2012 en el Palacio Real de Madrid, donde se pudo admirar  457 libros bellamente encuadernados pertenecientes a bibliotecas del Patrimonio Nacional de España. 




En este caso se extendió elusivamente  la encuadernación de arte  como  mecenazgo real o nobiliario, se la valoró por sus significados simbólico-institucionales y se asignó  a los  aspectos técnicos del oficio un papel mas bien secundario sin tener en cuenta  que  la encuadernación,  prima facie un artesanía, una realidad material, merece un acercamiento más acorde a su conformación física y confección en el taller.  Cuando no se  tiene en cuenta el   "edificio”, cuando no se valora su   buena o mala estructura, la calidad   de su “hormigón”, la resistencia y el buen ensamblaje de sus materiales, estamos olvidando   los  factores que marcan las pautas  de la  funcionalidad que toda  encuadernación se supone debe aportar al libro, la misma que Ludwig Wittgenstein encomió para la arquitectura en la Viena  de los años 1930 a la vista de  una  casa de la Kundmanngasse.  A estos  acercamientos centrados  en la   vinculación de una  encuadernación con el mecenazgo de  un monarca, de un noble,  opondremos aquellos otros atentos a la crasa materialidad del libro encuadernado, por ejemplo, los escritos de Nicholas Pickwoad antes que él los de los encuadernadores-historiadores (no existen en España y así nos va) Berthe Van Regemorter, Janos Szirmay, Bernad C. Middleton  y por delante suyo aún los del gran  Ferdinad Geldner (1902-1989), quien, por solo dar un ejemplo, fue capaz de calificar a una encuadernación de cuero cincelado terminada en Bamberg o Nuremberg  como Lederschnitt o Lederzeichnung atendiendo tan solo, tras un minucioso análisis visual de su materialidad,  a  los  modos de cortar, grabar o rayar un dibujo sobre la piel teniendo presente el tipo de herramienta utilizada.





Bernard C. Midletton
¿Qué podemos aconsejar a quienes emprenden  una colección de encuadernaciones? Lo primero, para evitar lo anterior, que valoren la calidad del cuerpo del libro, que estén atentos al acabado y a la construcción del objeto. Lo segundo: que elaboren su propio  criterio  estético  si lo que desean  es reunir  verdaderas encuadernaciones de arte. Aconsejable parece por ello  conocer bien y saber distinguir los diferentes estilos que, procedentes de la arquitectura, pintura o escultura, quizá sobre todo de las artes decorativas, llegan a la  encuadernación desde mucho antes de la Edad Media.   Tampoco están de  más unas cuantas  nociones básicas sobre historia del ornamento  e historia del diseño gráfico.
    En la España contemporánea, si exceptuamos el caso de Bartolomé March Servera, quien recabó los consejos del encuadernador Antolín Palomino, son muy pocos los coleccionista privados que han alcanzado el eminente grado de competencia  y discernimiento exclusivamente estético que en estos campos observamos en  Major Abbey, G.D. Hobson, A.R.A. Hobson y  E. P. Goldsmichdt  en el Reino Unido,  Papantonio o Paul Guetty  en Estados Unidos  o Michel Wittock en Bruselas.  



Michel Wittock en su biblioteca de Bruselas

Sí que hay,  en cambio,  un grupo de  bibliófilos  que han reunido  colecciones medianamente interesantes cuyo catálogo aún esta por hacer.  Daremos algunos nombres.  La Fundación Casa de  Alba, tras la compra de la biblioteca de Vicente Castañeda, se hizo  con  bellísimas  encuadernaciones del siglo XVIII y XIX, entre ellas cortinas y Guías de Forasteros.  (Biblioteca del Palacio de Liria, Madrid). 
Encuadernación  para Guía de Forasteros de la colección de los Duques de Alba (Palacio de Liria, Madrid) 

Carlos Romeo de Lecea (1910-1999) - editor de la colección Joyas Bibliográficas y escritor sobre temas de imprenta y Beatos  que firmaba sus trabajos como el  “aprendiz de bibliófilo”-  reunió encuadernaciones mudéjares  españolas (hoy en la Fundación Lázaro Galdiano). A decir verdad, aquí era poco original, pues no hizo  sino glosar lo que coleccionaron y escribieron antes que él  Miquel y Planas, Henry Tomas, Hueso Rolland y  Rico y Sinobas, texto  sobre texto, colección sobre colección comentario sobre comentario que nos hace preguntarnos  si, a semejanza del “análisis interminable” freudiano,  la fabricación de libros y coleccionismo innecesarios innecesarios  tocará algún día a su  fin. Su legado, hoy en la Fundación Lázaro Galdiano, nos hace ver, sin embargo, que también estuvo atento a la ligataria del siglo XX: Giulio Gianini, Georges Cretté, Jacques-Antoine Legrain, Henri Mercher, Robert Bonfils...


Romeo de Lecea, Madrid, Biblioteca Nacional, 1983


El editor  Santiago Saavedra Ligne ha reunido muy escogidas encuadernaciones para Guías de Forasteros amén de muchas  encuadernaciones históricas (existe un catálogo privado de esta colección). La madrileña librería  Bardón, Guías de Forasteros, encuadernaciones españolas del siglo XX,  palominos, galvanes, panaderos etc. 



Librería Bardón de Madrid
José Luis Cotoner es especialista  en  Guías de Forasteros
La encuadernadora Isabel García de la Rasilla (del grupo Cinco + de Madrid salido de la escuela de Ana Ruiz Larrea) posee  encuadernaciones gótico-mudéjares españolas, abanicos, textiles y ejemplares Art Nouveau  además de una  buena colección de encuadernaciones contemporáneas europeas. José Albulquerque Dueñas ha vestido su colección de albertis y de otros del 27 con encuadernaciones de Ángel Camacho, Ramón Gómez, Galván y Luis Mínguez. Al cabo, resulta  una deseable  sintonía del continente con el contenido, otro dato a tener en cuenta.







El bibliófilo madrileño José Albulquerque Dueñas delante de su biblioteca. Arriba con el encuadernador Ángel Camacho

El bibliófilo gaditano  Diego Martínez Casado, tras más de veinte años de   viajes y apasionada bibliofilia, ha juntado a su escogida colección de  encuadernaciones (en la que destacan las curvilíneas concéntricas de Galván-Moncey  y las dinámicas tipografías expresionistas de Juan Antonio Fernández Argenta) una   selecta  biblioteca  de   referencia que las explica en su contexto  bibliofílico. La documentación conforma aquí el buen criterio.

 Diego Martínez Casado sostiene una encuadernación de Juan Antonio Fernández Argenta

Juan Carlos Solís ha iniciado una selecta  colección  con los más granado de la encuadernación española de hoy: Pérez Sierra, Fernández Argenta, Giménez Burgos, Dolores Baldó…La bibliofilia de hoy en este caso como factor de conocimiento.  Blanca Jacob-Ernst Escario/Claudio de Ramón poseen  una colección  conformada con criterio y buen gusto  en la que hallamos  fanfares, encuadernaciones francesas para almanaques y  ejemplares  del taller de Gabriel de Sancha. Solo una  encuadernadora es capaz de desarrollar una sensibilidad tan atenta al cuerpo del libro. El librero anticuario José Luis Sánchez de Vivar, experto en ex libris y en  libros firmados, ha orientado sus pesquisas hacia encuadernaciones europeas, sobre todo españolas, de los siglos XVIII y XIX. José Mañas, hacia las encuadernaciones de bibliófilo. En Valencia Luis Caruana ha reunido encuadernaciones francesas del siglo XVIII. El librero madrileño Guillermo Blázquez, encuadernador en su juventud,  posee una  escogida colección de encuadernaciones industriales de plancha del XIX además de  encuadernaciones españolas del siglo XX, entre ellas  de Antolín Palomino y de Vicente Cogollor. 


Dos vistas de la librería anticuaria de Guillermo Blázquez, Madrid.



El modelo de la primera  especialidad está en el  librero  parisino Jean-Étienne Huret y en el Centre de documentation de livres à plat historié.  El librero-bibliófilo  Rafael Berrocal, encuadernaciones históricas  amén de    ejemplares de la saga Galván y  de Luis Mínguez. La  Condesa de Orgaz y   Luis Crespi de Valldaura, encuadernaciones históricas. En Asturias, Ignacio Pando García-Pumarino ha juntado una colección  formada por  encajes, diseños a “ la  Duseuil” y devocionarios de plata y marfil. El editor Julio Ollero -en su haber el mejor    catálogo hispano  de libros sobre encuadernación- también valora la encuadernación de sus “Libros     de  Arte”. 

    
Libros de Arte puestos a la venta porJulio Ollero (arriba el editor en el Salón del Libro antiguo de Madrid)



     ¿Que puede coleccionarse? Siguiendo los criterios expuestos,  prácticamente de todoLas encuadernaciones  de orfebrería  constituyen una categoría selecta, entran en la categoría de tesoros y son con frecuencia propiedad de la iglesia.    Las telas ricas tienen muchos coleccionistas y han merecido exposiciones monográficas.  Dentro de los estilos  renacentistas, una encuadernación patrocinada por  Grolier, Maioli o Canevari  es uno de los  tesoros  más preciados que un coleccionista puede aspirar a poseer. También las encuadernaciones relacionadas con la imprenta veneciana de Aldo Manuzio o con  la antuerpiense de  Cristóbal Plantino (algunas de ellas identificadas en La Laurentina hace poco  por la bibliotecaria mazarina Isabelle de Conihout y el librero parisino Pascal Ract-Madoux). La fanfares (siglos XVI-XVII) aportan un ejemplo de diseño refinado que combina la simetría del arte del renacimiento con la sofisticación  del manierismo.

Encuadernación á la fanfare



¿Qué decir de las llamadas encuadernaciones de Apolo y Pegaso perseguidas  por libreros y  bibliófilos desde 1850 hasta nuestros días? También son muy apreciadas las que están marcadas con monogramas que cubren incunables o las firmadas por sus autores con el nombre estampado en seco o dorado.


Encuadernación renacentista con el medallón de Apolo y Pegaso



En la España de hoy hay hechos  objetivos que dificultan el coleccionismo de encuadernaciones. Libreros, bibliófilos  y bibliotecarios, como  propietarios o gestores  exclusivos de un objeto precioso y no fungible,   a menudo lo acaparan, monopolio sobre el objeto apenas  paliado por escasas exposiciones,  monopolio que  lleva a menudo aparejado   para los investigadores la imposibilidad de acceder  a él.  En contra de la socialización cultural del libro bellamente encuadernado  milita también  la actitud de   quienes lo  entienden  exclusivamente  como marca de distinción social, pues  poseer libros bellamente encuadernados se ha convertido  para  un  grupo   que disfruta de una desahogada posición económica en  una    “profesión” artístico-literaria, un pasatiempo  con el que  embellecer la  biblioteca familiar.

El libro encuadernado en armónica consonancia con otros  objetos de arte

El libro- bibelot, ornato superfluo   de  la  bibeloteca burguesa o aristocrática,  compite  con otros  bellos objetos   de las artes decorativas.  “Hay quien adorna sus habitaciones con   libros -escribió Petrarca- que fueron inventados para ornar el espíritu y que se sirven de ellos como si fueran vasos de Corintio, cuadros o estatuas”.  En ese caso, como escribió Chesterton, “la superstición  empieza cuando   el cofre, que  encierra las joyas más valiosas en los  receptáculos  más pequeños, empieza a ser más valorado que la joya”.




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